Cuento Oreste de Órfico

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Cuento Oreste de Órfico

Mensaje por WilliamDarkgates el Dom Ago 21, 2011 3:45 pm


Cuento esta historia tal como su protagonista me la narró, compaginando lo que dicen los archivos históricos, y los versos de los espíritus que recorren el éter. No hay falsedad en este relato, ni mala intención alguna.

Aquella sala estaba totalmente a oscuras. Era una ausencia de luz única, pues era la del tipo que cala a fondo en los sentidos, que se entierra en el fondo del alma y no se aleja. Solo una figura etérea hacía retroceder las sombras, pero apena era un paliativo a tanta desazón. Una mujer hermosa, de nívea piel, cabellos negros como la noche más cerrada, y vestida con el más delicado de los trajes corría por una planicie una y otra vez. Sonreía a cada paso, llena de alegría y jovialidad, enamorada de la vida; la luz y el sol. Aquella imagen era digna de verse, y sin duda encendería la chispa de la alegría en el corazón más gélido. Pero, este no era el caso, la imagen era solo una proyección, una fantasmagoría tridimensional que alguien observaba desde un trono. Se repetía una y otra, y otra vez.

Frente aquella imagen estaba Orestes de Órfico, el bardo más grande de toda la galaxia. Sentado en un hermoso trono de caoba, enchapado en oro con figuras barrocas de querubines regordetes y hojas de parra y leones, miraba con melancolía la imagen de aquella mujer. Vestía de negro, atrás quedaban los días de los colores vivos, y sostenía su cabeza a veces en uno de los brazos del mueble, a veces apoyado en sus manos. Ya no lloraba, las lagrimas se habían extinguido, solo alcanzaba a gimotear, y eso porque no podía negarse a respirar.

Orestes movió con suavidad su mano derecha y unos metros más allá de su posición una luz se encendió. Bajo una pálida luz blanca, se hallaba un servidor mecánico. Aquella figura totalmente dorada tenia la forma de una mujer, de delicados rasgos y hermosa cabellera, sostenía una lira en sus manos. Orestes realizó un ligero movimiento de su mano e inmediatamente el servidor comenzó a tocar. Reconoció aquella melodía como propia, y se dejó llevar por ella. Al cabo de escucharla un rato, se percató de que era hermosa, sin duda única, pero le faltaba algo. El servidor no podía ponerle sentimiento, no podía ponerle alma. Él sabía que si fuese su persona quien tañese la lira, la música conmovería sin duda a las paredes de la nave, y que él le insuflaría aquel sentimiento que el servidor mecánico era incapaz de proporcionarle; pero él ya no podía tocar... no desde la muerte de ella, no desde la muerte de su alma.

El chasquido de un comunicador al activarse rompió la tensión en la sala. - Señor hemos dado con la distorsión.

— Voy para allá — respondió monótonamente, mientras se ponía de pie y realizaba un gesto para que el Servidor se detuviese y el holograma se apagara. Mientras se alejaba de sus ensoñaciones el órfico pasó frente a un espejo. Se detuvo un momento, y sin dudarlo se observó. Su piel se había vuelto mucho más pálida, sus ojos, otrora verdes y llenos de vida, carecían ahora de luz; y solo reflejaban melancolía, bolsas negras lo acompañaban y sus cabellos otros dorados se habían vuelto negros como su ánimo. Aquella visión no lo espantó, le arranco una ligera sonrisilla, el ver a un órfico de cabellos negros, atrás quedaron los días de rubia cabellera, símbolo del orgullo y la devoción al Señor del Sol. Vano símbolo de su areté, y en realidad bandera su hubris.

— ¡Ah, Maldita simiente de cantores y hombres de ánimos volubles, voces melifluas y mentes etéreas! ¿Por qué nací en el Seno de mi malquerido planeta Orfeo y no en el cruel Némesis, donde los hombres nacen para pelear y morir y ser la venganza alada que cae sobre los injustos y oprobiosos? — dijo mientras se miraba por última vez antes de partir al puente de su navío.





Cuando Orestes llegó al puente del navío observó a sus oficiales. Desde el comienzo de su cambio, sus hombres habían comenzado a vestir de negro y se habían rasurado la cabeza y las cejas, negándose ellos a portar los vivos colores a los cuales su señor ya no tenía acceso. Aquel gesto era uno de los pocos que lograba hacer que su melancolía menguara, y fue esa muestra de entereza la que los conminó a llevar a cabo aquella empresa.

Con calma Orestes caminó hasta la silla de comando, una vez sentado dio la orden, en aquel tono monocorde que lo acompañaba desde aquel aciago día. — Informe.

—Señor hemos encontrado otra distorsión; está es más estable.

— En pantalla. — ordenó, y frente a él en el gran monitor hizo acto de presencia la Distorsión.

Allí se encontraba ella, una esfera negra, rodeada por una serie de flamas de múltiples colores; azules, verdes, rojos, aguamarina y un sin fin de tonos más. Aquellos colores contrastaban con la naturaleza de aquel fenómeno cósmico y auguraban para él eventos únicos.

—Los sensores y la telemetría indican que dentro de tres horas treinta minutos estándar, el campo metafísico de la distorsión estará en su punto más álgido y por lo tanto estable. — replicó otro oficial.

— ¿En cuánto tiempo podremos ajustar nuestro campo metafísico para que coincida al cien por ciento con el del fenómeno?— inquirió Orestes.

—Dos horas veinticinco minutos tiempo estándar, señor. — respondió el mismo oficial.

—Tiene una hora cuarenta y cinco minutos estándar, oficial. Válgase de todos los recursos posibles. Quiero esta nave lista para cruzar por esa puerta en dos horas.

—Como ordene; mi señor — replicó el oficial, quien salió prestó del puente una vez que su capitán hubo de darle el permiso con un gesto.

Orestes observó aquel fenómeno cósmico con mucho interés, aquel sería el tercer intento, y en el fondo esperaba que fuese el último.

— Si no tengo éxito, más te vale universo que la cruel muerte arranque lo poco de vida que le queda a esta miseria de cuerpo; porque si no conocerás mi ira. Una furia tan grande que avergonzará a los Dioses de la Guerra y a las crueles Erinias. — masculló esa frase mientras volvía a la silla de comando y de allí a sus ensoñaciones.


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